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El Infiernillo




Capítulo 2


El paseo



"En la suave luz feliz yace la ceguera del héroe"

Esa mañana Adam Bellver se despertó con pereza; trastabillando los pasos llegó hasta las cortinas de la ventana y las corrió suavemente, vio el cielo lleno de nubes grises y ralas, y la niebla que no dejaba ver más allá de dos cuadras a lejos. Era el segundo día con mal clima y esa mañana le pareció más triste que la anterior.
Adam andaba serenamente rumbo a la escuela, pese a que podía llegar tarde; tenía la mirada relajada y un poco cansada por haberse quedado hasta tarde en la computadora, primero había estado chateando con Silvia, una chica extranjera que conoció en internet, pero luego se quedó resolviendo juegos hasta pasada la medianoche. Avanzó, bostezando cada tanto, y parecía que no notaba a nadie y, aun así, pese a pasar por entre dos grupos concurridos de gente, no chocó con nadie en todo su trayecto.
Se hacía tarde, pero, casi llegando a la escuela, divisó a uno de sus amigos al otro lado de la calle, viendo hacia la escuela, quieto, como paralizado, pero al rato echó a correr desesperadamente. "¿Por qué tanta prisa, Juan?", se preguntó, sin darle mucha importancia a lo pasado. Caminó hasta la esquina, donde pudo ver parte del edificio de la escuela cubierto de enormes lianas extendiéndose por toda la estructura y moviéndose cada tanto.
Pensó en volver a casa y enterarse de lo sucedido por las noticias, pero sabiendo que Juan había ingresado en la escuela, posiblemente buscando a Luz, consideró que muchos otros podrían hacer algo parecido, o peor, entrar por mera curiosidad. El chico avanzó rápidamente, pensando en ayudar a los que estuviesen adentro y evitar que más gente entre, preguntándose, al final, si no estaba cayendo en el mismo error que otros.
Al llegar Adam a la escuela, un muchacho voló fuera del segundo piso del edificio, lanzado por una liana. Cayó sobre la arena, junto a la pequeña cancha de futbol, rodó un par de metros y quedó tendido unos minutos antes de reaccionar y levantarse. El recién llegado, algo pasmado, se acercó a ayudarle.
—¡Alberto! —le dijo mientras se acercaba con prisa, alegrándose al verlo levantarse— ¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Cómo ocurrió esto?
Alberto, aun algo aturdido, miró a su amigo, quien se veía desorientado, algo temeroso, pero, sobre todo, parecía querer saber que había pasado.
—Estoy bien, algo adolorido, pero puedo levantarme —dijo sonriendo y parándose, mareado y con el cuerpo entumecido— no he llegado hace mucho, me encontré con José cerca del salón pero la planta no nos dio tiempo de hablar, él fue a esconderse al salón mientras yo traté de volver a bajar, mala idea.
—Quédate, asegúrate que nadie más entre a la escuela.
—¡No, yo también voy!
—¿En serio? ¿Después de volar unos veinte metros?
Los chicos discutieron largamente, sin decidirse, mientras un grupo de alumnos y transeúntes curiosos se formaba en la entrada del recinto; algunos alumnos trataban de detener a los curiosos, calmándolos y cerrando las puertas.
—Vamos, tenemos que salir de aquí y evitar que la gente entre —dijo una chica con cierta rudeza al pasar y ver a los muchachos discutiendo; Adam la miró de reojo, Alberto giró todo el cuerpo.
—Bien, ya oíste a Milagros, ve a ayudarla — Adam echó a correr a la entrada del derruido edificio, dejando a su amigo con las palabras en la boca, quien no fue a ayudar a la chica hasta perder de vista a su compañero.
La amplia entrada de losas blancas se veía ahora sombría y tétrica por las lianas, que surcaban paredes y piso, las grietas, hechas por la monstruosa planta, y la falta de luz. El chico se acercó con paso dudoso, oyendo los ruidos agudos y chirriantes de los sollozos, gemidos y súplicas; acompañados del sonido de uñas raspando el suelo y los latigazos que la lanzaba la planta.
Fue avanzando con cautela por el mar verdusco en que se había convertido el suelo; ante el aparecían los niños de primara colgados por los pies, cuellos o manos; quienes no paraban su desesperado llanto. Adam no tardó en ver el inmenso hoyo del que provenían las lianas que se ramificaban en cientos de enredaderas, trató de ver dentro de la grieta pero sólo se veía una oscuridad total.
Lentamente llegó hasta el otro lado de la estancia, donde yacía el hacha de emergencia en el suelo, con la caja metálica rota a un lado y el vidrio pulverizado el en suelo, la tomó y decidido asestó un hachazo a una gruesa liana, partiéndola y haciéndola derramar un líquido espeso y verdusco, la planta se sacudió al sentirse mutilada y sus movimientos se descortinaron; aprovechando esto, Adam comenzó a liberar a los niños, quienes con lágrimas en los rostros se marchaban a toda prisa, algunos quisieron agradecerle, sin embargo, el miedo y la prisa no les permitían decir palabra alguna.
Habiendo ya liberado a más de la mitad de los niños, la enredadera se calmó repentinamente y pareció estar muriendo, fue perdiendo fuerzas y los niños se fueron liberando; Adam, se extrañaba de lo sucedido, respiraba agitadamente mientras veía la situación, pensando si la planta habría muerto, luego, a los pocos minutos, otra posibilidad pasó por su mente. Se giró a tiempo para ver una gran liana cayendo tras de sí, saltó, esquivando el golpe que terminó por romper las losetas del suelo; toda la planta cobró vida nuevamente, cada ramificación que quedaba se acercaba a Adam con velocidad. Logró esquivar algunas, más una lo tomó de los tobillos y lo sacudió por los aires, tratando de golpearlo contra la pared, pero Adam logró empujarse con el hacha; sujetado bocabajo lanzó el hacha lo mejor que pudo, logrando cortar un lado de la liana que lo sujetaba, la planta lo soltó y el chico cayó al suelo de espaldas y el hacha cayó poco después, a su derecha, peligrosamente cerca de su cabeza, Adam la miró algo asustado y vio reflejado en el filo la mirada de sus pupilas contraídas, su rostro traspirado y como su pecho subía y bajaba con fuerza, acompañando su acelerada respiración.
Se giró a su izquierda para esquivar las lianas y poniéndose de pie a toda prisa trató de dirigirse a la salida del lugar, sin embargo, fue alcanzado por una ramificación que lo cogió de la cintura, jalándolo hacía atrás, hasta que una segunda liana lo tomó del cuello, asfixiándolo. Sintiendo una fuerte presión en la cabeza, comenzó a ver como los colores y la oscuridad se mezclaban; Adam se vio arrastrado hacia el hoyo en la pared antes de perder el conocimiento.

Adam despertó en el salón, no era la primera vez que dormía en clases, por suerte el profesor no se había dado cuenta, a su izquierda estaba Luz, distraída en el chico de la carpeta de al lado; ella no tardó en sentir la mirada de su compañero de carpeta y rápidamente fingió estar prestando atención al profesor, Adam sólo sonrió, no era la primera vez que pasaba y parecía que hasta ahora era el único que lo había notado; mirando la carpeta de al lado, vio a Juan, durmiendo, ignorando lo que pasaba a su alrededor. "Somos jóvenes", pensaba el chico, "ya habrá tiempo para juntar a esos dos", despreocupadamente abrió su cuaderno  y vio que había resuelto todos los problemas de algebra, recordó entonces que habían dejado los problemas para resolverlos a lo largo de la clases y él sólo tardó unos minutos, tras lo cual se durmió; pasando las páginas del cuaderno también se dio cuenta que estaba viviendo un recuerdo de hace una semana.

Adam despertó sorprendido, seguía con vida, pero lo que veía ante sus ojos no era la escuela, ni siquiera parecía un lugar de la Tierra. Tirado en la arena rojiza veía pasar unas grandes nubes ligeramente naranjas en un cielo rojizo iluminado por un pequeño sol.
Se incorporó con cuidado, considerando la posibilidad de tener alguna lesión que no sintiese, pero estaba bien, suspiró aliviado y entonces oyó, tras de sí, un latigazo, dos cosas cayendo en la arena y una tercera golpeándose contra una piedra. Cuando volteó vio que ya no estaba sólo, a pocos metros de donde había caído estaban José y Mateo, incorporándose, y Juan, inconsciente por el golpe en su cabeza. Adam había pensado que podía haber vuelto a estar en peligro, sus amigos vieron con extrañeza el nerviosismo que tenía en el rostro. Adam se había percatado que no había rastro de la liana y, mientras Mateo y José trataban de despertar a Juan, sin obtener los resultados deseados, él registró la zona y pudo localizar lo que buscaba a unos metros de donde estaban; pensó que era una especie de alumbrado al principio, pero esa luz  plana  estaba semienterrada en la arena, en un canal que a primera vista parecía vacío pero no tardó en diferenciar el ligero movimiento de las gruesas lianas bajo una delgada capa de arena.
—¿Qué sucede? —le preguntó José, acercándose, sosteniendo su brazo fracturado, junto con Mateo.
—Esa cosa, debió lanzarnos desde aquí ¿Ven las lianas?
—Sí… —le dijo Mateo— no entiendo… ¿Por qué hacer esto?
—A todo esto ¿Quién hizo esto? —preguntó Adam. Mateo y José lo miraron dudosos; el último de ellos decidió hablar al final.
—Fue Luz… —comenzó contándole como ella llegó usualmente tarde, su fuga y como fue ella quien abrió paso a la liana. Adam lo escuchó en silencio, sin decir nada hasta que terminó.
—…Luz, pero ella sola no pudo hacer esto —dijo Adam, serio e inexpresivo— mira este lugar, hay algo más en todo esto…
—¿Y qué crees que sea?
—No lo sé… —Adam avanzó hacia el lado contrario a donde estaba la enredadera, lentamente se fue dibujando la imagen borrosa de las lejanas ruinas de una ciudad— ¡Hay que buscar a Luz o al origen de todo esto!
—¿Cómo?
—Yo voy a seguir las enredaderas, ustedes vayan hacia esas ruinas, es posible que haya algo importante en ese lugar, y a donde sea que lleguemos es muy posible que Luz esté en alguno de los dos. Llévense a Juan y tengan cuidado con las zanjas, la enredadera no se ve a simple vista —los chicos estuvieron de acuerdo, aunque estaban temerosos; Mateo cargó a Juan en su espalda y avanzaron rumbo a la ciudad.
Adam caminaba despacio, tratando de mantener la calma, todo lo ocurrido le parecía espeluznante, pero sentía la necesidad de buscar una respuesta a lo ocurrido. En su cabeza daban vueltas la escuela, Luz, Juan, y ese misterioso lugar en que se encontraba, mientras su corazón acelerado retumbaba en su odio izquierdo; pese a todo el nerviosismo que tenía, pudo estar lo suficientemente atento para oír cómo se estremecía la tierra y echó a correr, sin dudarlo, sabiendo, sólo por como temblaba el suelo, que había varias lianas tras él, que se sacudían y le iban alcanzando, poco a poco, como si estuviesen siguiéndolo. Pasando una roca, fue jalado hacia un costado, y al caer probó la amarga arena naranja mientras sentía algo sentado en su encima; por el peso y su distribución, supo que era una persona quien estaba encima suyo, alguien muy ligero, que probablemente era una mujer.
La chica, vestida de un uniforme escolar extraño para Adam, se paró en cuanto las lianas dejaron de moverse; el muchacho, agradecido y adolorido, se incorporó y se acercó a ella.
—Gracias —dijo él, sin aliento—, de veras.
—No hay de que, vos habrías hecho lo mismo —dijo ella en un acento diferente al de Adam.
—Quizá —dijo dubitativo y olvidando lo que hizo en la escuela.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella mientras revisaba las lejanías por si aún había movimiento en la enredadera.
—Adam Bellver —la chica volteó bruscamente y abrió los ojos sorprendida; antes que el chico hiciese algo, ella lo había abrazado efusivamente, él no entendió lo que ocurría sino tras unos segundos.
—S- Si… ¿Silvia? —la chica se separó por un momento y lo vio al rostro; asintió con un par de lágrimas en los ojos y volvió a estrujar al chico.
Luego de calmarse y dejar a su compañero sin aliento, la chica le contó cómo había sido atrapada al pasar cerca de una florería; al llegar fue encontrada por un grupo de personas que buscaban una salida, los acompañó hasta que un ataque de las lianas los separó y se perdió del grupo, poco después lo encontró a él. Adam también le contó lo que había pasado y lo que sabía de cómo se ocasionó.
—Y tu compañera, Luz…
—Ella es bastante alegre, aunque algo lenta para los estudios —dijo el sonriendo al recordar y luego se puso serio—; no entiendo porque está involucrada en esto, quizá la respuesta esté al final de estas lianas, por eso creo que hay que seguirlas.
—Sabes que eso nos podrías tomar días o más.
—Si nos  quedamos aquí, esperando por ayuda, no creo que sobrevivamos; creo que, cuanto antes entendamos que pasa, mejor; y para eso hay que andar… ¿Quieres dar un paseo? —Adam hizo con la mano un ademán cortés, cediéndole el paso, la chica suspiró y empezó a andar, él fue a su lado.
Adam le hablaba, en susurros por si las lianas respondían al sonido, sobre la escuela y le preguntaba cosas sobre ella, quien le respondía afablemente y así, ambos, se relajaban por momentos e iban conociéndose mejor, superando la estresante situación, olvidando a ratos la preocupación por la muerte y sólo siendo felices de haberse encontrado.
Su caminata se alargó por poco más de una hora hasta que se toparon con una extraña figura encapuchada que no dejaba ver su rostro, el sujeto era alto y muy delgado, e iba envuelto en una larga capa marrón que tapaba sus ropas.
—¡Deténganse! —dijo el hombre con voz desafinada al ver llegar cautelosamente a los chicos— ¿Qué hacen aquí? Ustedes… ustedes no son de la secta…
—¿Una secta? ¿De qué hablas? —dijo Silvia, considerando que quizá puedan averiguar algo.
—Oh… bueno, que importa, igual se enterarían —dijo él, bajándose la capucha dejando ver un rostro blanco y pecoso de mirada simplona—, cuando los haga unirse a nosotros. Lucifer, nuestro gran señor, quiere liberar al mundo de las torpes y opresivas manos de Dios; lo de hoy ha sido… un búsqueda masiva de nuevos y jóvenes miembros, sí —dijo, algo dubitativo.
Adam, perplejo, trató de asimilar lo dicho por el sectario, si era cierto, tendrían que enfrentarse al mismo diablo, pero eso no parecía una idea muy brillante.
—Bueno, les explico más en el camino, vamos al templo —dijo el chico acercándose a ellos y haciendo su capa a un lado, mostrando el polo que llevaba que tenía estampado un monigote cayendo de un barranco.
Adam miró al chico y luego a la zanja que estaba a unos metros.
—Sígueme… —le dijo a Silvia, tocando su muñeca; ambos echaron a correr, aunque la chica no estaba muy segura del plan de Adam. El sectario tardó en reaccionar, incrédulo de la huida de los chicos y aceleró el paso para alcanzarlos, vio que Adam ya estaba cerca de la grieta y pensó que se detendría, pero para su sorpresa el muchacho aceleró cerca del borde y, tomando impulso, saltó hasta el otro lado de la hendidura.
—¡Salta…! —dijo Adam, sin voltearse a ver a la chica; siendo su única opción, ella también aceleró su paso, su perseguidor ya estaba muy cerca, más no logró alcanzarla y paró mientras la chica llegaba al otro lado de la zanja de casi dos metros, resbalando en el borde, pero Adam la tomó de la mano y la ayudó a subir.
Viendo que el chico estaba distraído mientras ayudaba a la joven, el sectario retrocedió unos pasos y tomó impulso para saltar la grieta; pero, poco después de saltar, se dio cuenta que Adam había dejado a la chica, ya a salvo, y se parado al otro extremo de la caída, frente a él, esperándolo. El sectario trató de hacer que sus pies llegasen primero pero una ligera patada de Adam le hizo perder el equilibrio y, aterrorizado, cayó sobre la liana, que respondió violentamente y, alzándose sobre la tierra, comenzó a latiguear al escuálido muchacho.
Adam tomó a Silvia de la mano y ambos corrieron lo más rápido que pudieron, alejándose de las enormes lianas, hasta perderlas de vista y perder su rumbo.

Pasaron otra hora, buscando como volver a encaminar su rumbo, más sólo veían rocas naranjas a lo lejos que parecían siempre las mismas y las dunas rojizas extendiéndose hasta perderse en el horizonte. La arena había vuelto naranjas sus zapatos, la agitación y el desgaste se hacían patentes en su rápida respiración y el sudor de sus ropas, y la sed era tan fuerte que ya casi no hablaban para no desperdiciar saliva. Cuando consideraban que lo más posible era que terminarían asados bajo al sol, divisaron un punto negro a lo lejos, que, conforme se fueron acercando, fue tomando la forma de una cruz; extrañados, avanzaron más rápido y se toparon con otra zanja con lianas en el fondo, cruzando estaba un hombre, de cabello negro y largo, envuelto en lianas y suspendido en el aire de tal forma que parecía estar crucificado.
—Pensé que nadie llegaría —dijo el hombre sonriendo amablemente—tienen que saltar a este lado, más adelante está la planta de donde emergen las enredaderas.
—¿Cómo lo sabe? —Preguntó Adam desde el otro lado.
—La he visto, está bajo un acantilado, logré llevar una roca hasta cerca del filo pero no pude empujarla más, traté de buscar ayuda pero la planta despertó, me atacó y me atrapó… Sólo deben empujarla unos metros.
—Dime ¿has visto a alguien más? ¿a una chica con uniforme escolar?
—Sí —dijo alzando la cabeza— ella estuvo aquí, llevaba una espada y parecía controlar a la planta, pero luego se fue, hace ya un par de horas…
Adam saltó hacia el otro lado, sus piernas flaquearon al llegar y casi se cae de cara, luego de recuperarse, se dio media vuelta y le hizo una señal a Silvia para que lo siguiera, la chica saltó y llegó al otro lado, tambaleándose un poco al llegar.
—Si hay más gente atrapada como tú ¿Crees que la planta los libere al morir?
—Es posible, pero lo ideal sería volver a casa —dijo el hombre, sonriendo— sería lo más justo luego de tanto trabajo ¿no?
—¿Quién es usted? —dijo el chico intrigado ante la reacción de aquel hombre.
—¿Yo? Soy un hombre viudo, hijo prodigo de un señor muy importante y dueño de una pequeña fortuna.
—Supongo que fui indiscreto… —dijo el chico, pensando que le había ofendido, y siguió avanzando con su compañera hasta perder de vista al hombre.

Tal como les dijo el hombre, llegaron hasta una roca de unos dos metros de alto, un poco redonda, y poco más adelante estaba el filo del precipicio, bajo el cual había un bulbo verde que se movía ocasionalmente, ambos chicos vieron sorprendidos las decenas de ramificaciones que se extendían más allá de su vista. Adam, pudo ver la silueta de la ciudad que vio al llegar y se distrajo preguntándose si sus amigos estarían bien, Silvia ya estaba tratando de empujar la roca y al notar esto el chico fue en su ayuda. La piedra se movía con dificultad y los pocos metros que iban a avanzar se alargaron por varios minutos de sobresfuerzo físico, abriéndose llagas en las manos y estresando sus hombros.
Al dar el último empujón, los exhaustos chicos cayeron al suelo, vieron caer la pesada roca que, tras un parpadeo, aplastó la planta, destrozándola y esparciendo un grumo verdusco en todo el fondo del barranco. Ambos,  aliviados, se miraron sonrientes.
—Así ya no tendremos que saltar cada zanja —dijo la chica.
—No creo que ayude, ni podemos pararnos…
—Si vos no podes caminar, entonces te llevaré arrastrado —la chica, riendo, trató de ponerse de pie, sin éxito.
—Si descansamos aquí podemos morir de insolación —dijo Adam, asustado al ver cerrarse los parpados de la chica.
—No importa, imagino que la gente atrapada debe estar libre ahora…
—Lo siento, al final no entendí nada de lo que pasaba… —dijo Adam, también rindiéndose a su cansancio.
—No importa… —dijo la chica, tomó su mano, con los ojos vidriosos y cayó en profundo sueño.
Adam le presionó la mano y asustado trató de moverse para despertarla, peros su cuerpo no reaccionaba, ya desesperado sintió el piso desaparecer y todo a su alrededor, incluida Silvia, se desvaneció en la oscuridad y, confuso, el chico cayó inconsciente.

Adam despertó en la derruida entrada de la escuela, el hueco tras él ahora dejaba ver el jardín de la escuela y parte de la cancha de fútbol, delante estaban varios chicos tirados, todos parecían estar bien; luego, vio en un rincón a Juan, dormido, aun abrazado al ensangrentado cadáver de Luz.


Continúa… Capítulo 06
Me tomó más de una semana D=. bueno, en realidad no, sólo que no tomé en cuenta el tiempo de tipeo y de corrección, ademas de otros factores molestos ¬¬. Como sea, ya tengo un visión claro de como reformular la novela, el capitulo tres ya va a la mitad y espero dedicarle más tiempo a eso esta semana.

Capítulo 01
Capítulo 02
Capítulo 03
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November 21, 2011
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